22 Jun, 2011
Por Belisa en Llamaradas | 2 comentarios
Divertimento literario a cuatro manos con Carmen María Hergos (quien escribió los versos primero y tercero de cada estrofa).
Destartala como un sacudidor el mármol y sus instructivos
Encuentra caminos abiertos insinuados en las grietas de algunas paredes
Recorre y camina y da vueltas sobre ti misma, detenido el viento.
Consume el aire, tu fuego.
Y si las encrucijadas no dejan de crujir, el sonido es movimiento
Cada sonido, una gota, una onda, que toca. Se va.
Y en cada fuego consumido un hambre que renueva
Y en cada soplo en tu oído un carbón que se enciende.
Agrieta la rigidez de tu destino, sopla el polvo de tus dedos
Deja que caiga la fruta, madura, encendida, jugosa.
Y préndele un alfiler a tus roturas, cicatrices hacia adentro
Con las agujas de tus tacones, borda otro camino. Y báilalo.
24 Apr, 2011
Por Belisa en Salamandras | 0 comentarios
Me encanta la celebración del 23 de abril: Sant Jordi. La ciudad se convierte en una gran librería romántica: paraditas con aroma a papel en cada esquina, puestos de rosas de todos los colores arrojando su delicado perfume. A mí sólo me molesta el caballero canonizado y el dragón demonizado.
Para quien desconozca esta leyenda, se trata de la historia de un dragón que se alimentaba de doncellas (el alimento natural de los dragones, ¿qué van a comer si no? ¿hierba? ¡Eso es para vacas!). Las doncellas proveen a los dragones de todos los nutrientes necesarios para darles la fuerza requerida para cumplir con su destino de dragón: limpiar los reinos incinerando pueblos inútiles y luchar al lado de nobles caballeros, y hablo de nobleza de corazón, que la otra no es real (en ningún sentido). Aparentemente, el dragón en cuestión, tenía preferencia por el sabor de las doncellas de cierto reino. Todo el mundo tiene preferencias culinarias (él no iba a ser la excepción) y le iba de fábula hasta que se le ocurrió probar un bocadito de princesa: «¡Ñam, princesa!», se relamía.
Se sabe —pero obviamente el animal no lo sabía— que cuando te metes con los poderes fácticos tienes todas las de perder. De manera que en cuanto el dragón anunció que esta vez se zamparía una doncella perteneciente a la casa real (por aquello de que estaba sazonada con aquella salsa azul que en humano se llama sangre), saltaron todas las alarmas en el reino. El rey alzó la ceja izquierda y con ese leve movimiento dejó claro que no, que esa doncella, no, «¿es qué no hay suficientes lavanderas, tenderas o panaderas?».
Ahí entró aquel caballero en acción: Jordi, quien decidió que una oportunidad como esa difícilmente se repetiría y puso manos a la obra. Más bien, espada y lanza en ristre se lanzó al ataque de aquel pobre —y desarmado— animal. Muerto el bicho, ¿fue el caballero acusado de dragoncidio?
¿hubo, acaso, manifestaciones en contra del maltrato animal? ¿el rey en su papel de representante divino, y justo, castigó al bandido? No, una vez más, se demostró que la justicia no habita el mismo suelo que zapatean las minorías, porque una vez asesinado el dragón, el caballero Jordi fue canonizado, ensalzado, alabado y convenientemente casado con la princesa a quien había salvado de convertirse en plato principal.
Desde luego, lo que es innegable es que era un excelente estratega. He aquí las huellas de una campaña de marketing admirable: ¿cómo puede tener tan mala fama el dragón si fue la víctima? Digo, es él quien está a no sé cuántos metros bajo tierra fosilizado, probablemente junto a los huesos que quedaron de las plebeyas que nadie defendió. Resulta que un pobre animal no tiene derecho a su comida. Resulta que cuando se le ocurre probar un bocadito de princesa, ¡entonces el caballero sí hace algo! como siempre: hay que estar enchufado. Así que Sant Jordi sólo defendía princesas, las plebeyas sí podían ser comida de dragón.
En conclusión, el día de Sant Jordi yo estoy a favor del dragón, porque estoy en contra del maltrato animal.
Personas con influencia que maltratan a las minorías para quedar bien con los gobernantes… no han cambiado tanto las cosas.
30 Dec, 2010
Por Belisa en Relatos | 12 comentarios
I
Unas voces lo despiertan, pero ya está acostumbrado a que su sueño sea menospreciado, de manera que ni se molesta en abrir los ojos. El golpe en la pierna lo obliga. Encuentra a un muchacho de unos dieciséis años que lo observa desde lo alto de un par de ojos negrísimos. Manuel no acierta a saber qué puede querer de él ese niño que a todas luces no ha sido aún modelado por las desgracias que la vida, tarde o temprano, obsequia con la excusa de acumular experiencia.
—¿Qué quieres? —le espeta malhumorado, asumiendo que lo confunde con el vigilante del banco y presto a deshacer tal confusión. En la cara del joven aparece, lenta, una sonrisa hecha de rabia. Manuel se levanta del suelo, apoya su mano en la papelera llena de los comprobantes que escupe el cajero automático. Descubre que al chico lo acompañan otros dos, uno encaja una risa nerviosa que no puede controlar, el otro no consigue esconder el miedo que le eriza. Y ese miedo también eriza a Manuel. Coge su mochila e intenta escabullirse entre el chico más joven —a quien supone más fácil de evadir— y su compañero, pero el mayor es fuerte, le arrebata la mochila que sin titubear lanza a una esquina, y con el otro brazo empuja su hombro izquierdo.
El hombre mira a través del cristal: en la calle ni un alma. Intenta alcanzar la puerta pero le cierran el paso. Comienza un forcejeo, los tres adolescentes van soltando empellones y puntapiés hasta que Manuel cae de rodillas, doblegado. Un codazo en la sien le hace perder el equilibrio: cae de espaldas, ridículo, aterrorizado, se le escapan los orines, se le dilatan las pupilas. Se hiela su piel.
—¡Ay, qué asco! Javi, mira —lloriquea el más joven—: ¡se meó!
—¡Ya me voy! ¡Ya me voy! —masculla el indigente como puede, apenas respira mientras babea aire, saliva y sangre.
—¡Claro que te vas, pedazo de mierda!
Ellos, jóvenes encendidos, ensañados con el pordiosero, en trance arrojan con fuerza las piernas, entierran las puntas de sus zapatos en ese cuerpo ahora casi inmóvil, quebrado, rendido. Manuel, temeroso, presiente la muerte y no sabe si alegrarse o resistirse. «Este maldito instinto de supervivencia», atina a pensar.
—¿Pero qué… qué es lo que quieren? —pregunta con un hálito de voz. Gime. Tiembla—. Déjenme en paz —ruega. La respuesta llega líquida: un chorro de gasolina baña su cuerpo.
Justo después un fiero ardor arranca en su cabeza, el fuego prende en apenas segundos, baja por su cuello, enciende las ropas harapientas, el olor a gasolina se mezcla con el de la carne quemada, la tela hedionda, el sucio viejo, la orina reciente. Escucha unos chillidos que ya no sabe si son suyos o de los otros, salta desorientado, aúlla, tropieza con las paredes, el fuego le cierra un ojo que se queda calvo.
Las voces se difuminan. Crepita el fuego. El humo entra en sus pulmones. Ardor. Asfixia. Muerte.
II
Vagó un rato, esperando a que oscureciera y el frío arreciara, más tarde la mayoría de la gente se refugiaría en sus casas y las calles quedarían desiertas. Suyas. Halló un local pequeño, acristalado, con el cajero automático adosado en la pared del fondo: ahí pasaría la noche. Se detuvo a observar los anuncios de un par de inmobiliarias, los precios estaban bajando, era obvio que no sólo a él le había ido mal, con los años el mercado inmobiliario había empeorado.
En ocasiones se entretenía leyendo las noticias del sector, seguía con cierto entusiasmo las subidas y bajadas de precios, en los periódicos abandonados. Esta vez leía absorto los carteles que anunciaban —desesperados, él lo sabía— fabulosas casas, luminosos apartamentos. Irónico pensar en la cantidad de viviendas que, no hacía tanto tiempo, había llegado a vender y alquilar. Regateaba a los dueños, luego a sus posibles compradores. Así era la ley del mercado: inmisericorde para quien tenía, como él, a la mala suerte enamorada.
Después de mendigar un par de horas y buscar algo que llevarse a la boca, decidió que ya podía instalarse en el cajero automático que tenía avistado. La calle desierta lo puso de buen humor. Entró y cerró tras de sí, no pasó el pestillo pues estaba reservado a clientes, y sabía que si lo descubrían bloquearían el acceso nocturno.
Se sacó los zapatos y se echó en el suelo. Puso la mochila a modo de almohada y se recostó. Miró al techo, cerró los ojos. Estaba tan cansado, suspiró. Otro día menos que luchar por vivirlo. Ese maldito instinto de supervivencia lo mantenía vivo, hasta se atrevió a soñar: al día siguiente recorrería las calles de este barrio, había visto gente pudiente, algo sacaría. Quizá podría comerse un pan caliente. Sonrió.
III
De los diez euros con cuarenta y cinco céntimos de limosnas acumuladas, Manuel apartó un euro y medio para el metro. Era un exceso, pero debía ir hasta la ciudad, el frío invernal no le permitiría dormir más en el bosque. Decidió pasar la noche en el local de algún cajero automático.
Entró al vagón y descubrió unos asientos vacíos pero declinó la idea de sentarse a sabiendas de que olía mal. Rara vez conseguía alguna ducha, se aseaba lo mejor que podía en baños públicos, fuentes o en algún río poco caudaloso cuando estaba en las afueras. Sus pies tartamudearon buscando un sitio adecuado —una esquina, quizás un ángulo oculto—, pero en el metro no hay donde esconderse que no sea una multitud. Prefirió permanecer de pie, recostado contra una de las puertas del vagón, como con ganas de salir huyendo a la primera oportunidad.
Los brazos cruzados sobre el raído suéter. Su mirada perdida en el vidrio de la ventana, pero en el reflejo del cristal observaba a los pasajeros que no le quitaban ojo a él. Todas las miradas apuntándole: reprobatorias unas, como si fuese culpa suya ser un indigente, haberlo perdido todo; atemorizadas otras, como si él pudiera en verdad hacerle daño a alguien con las pocas fuerzas que le quedan, o las nulas ganas. El resto era indiferencia, ¿en realidad lo veían? Encerrado en sí mismo, pero alerta siempre.
Desconectó del entorno para planear su día: un par de estaciones después bajaría del tren, escogería algún barrio de la zona alta de la ciudad para poder dormir tranquilo, en el centro el barullo sería insoportable y a él ya no le quedaban ganas de gente. A él sólo le quedaba apatía y un absurdo instinto de supervivencia.
Este relato forma parte de una serie llamada «Siguiente estación». En orden de aparición, estas son las otras estaciones («Instinto» es la tercera):
Alfiles cobardes. De Profe Triste.
La banca de la estación en la que nadie nunca se sentaba. De Aleida Belem.
Escape. De Ana Brambila.
Diez pesos le vale. De Fernanda Pérez Gay.
Destino. De Eva Rivera.
Última estación. De Carlos Aranda.
8 Dec, 2010
Por Belisa en Salamandras | 9 comentarios
No es que la verdad se nos escape
Es que todo se le escapa a la verdad
No es que la muerte nos alcance
Es que todo es alcanzado por la muerte
De Carlos Skliar, en “hilos después”.
—Y eso que escribes, ¿es real o es ficción?
—Todo es ficción.
—O sea que mientes.
—No, sólo es ficción.
Cuántas veces me he preguntado qué es lo que de veras quiero expresar. Y me digo: la realidad que yo percibo, eso quiero decir. Pienso que lo que realmente intento decir es lo que no digo ni demuestro, pero sé que se me escurre. Se me escapa la verdad. Mi yo real envuelto en capas y capas, murallas tras muralla; porque aunque atraviese mil cabezas, sólo tengo la mía.
Como todos, temo que mi interior sea dañado. Supongo que no aguantaría regalar mis certezas y que fuesen maltratadas y terminaran deshechas, desmembradas. Por eso escribo ficción, por eso escupo mis verdades camufladas. Yo no miento, omito. Invento, recreo, imagino.
Las realidades se me entremezclan con ficciones. Teatro de vulnerabilidades disfrazadas.
Soy de esas personas que dicen la verdad, pero claro, ella tiene muchas caras, muchos peinados, muchos vestidos. Si hoy va de amarillo, el cabello de moño alto y maquillaje leve, mañana irá con chaqueta de cuero, bufanda de lana y pantalones de mezclilla.
El cabello suelto, las palabras atadas. Es todo y es nada. Así es mi verdad: inquieta, ama los disfraces, las sombras, los escondites, los velos, los juegos, las metáforas. Mi veracidad —que es la de otros, de tantos— se entiende murallas adentro, por fuera es un espejo. La verdad que me guardo no es entregable, la que regalo es descifrable.
—¿De dónde salen esas mentiras?
—Pues de la verdad que se me escapa.
