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Instinto

I

Unas voces lo despiertan, pero ya está acostumbrado a que su sueño sea menospreciado, de manera que ni se molesta en abrir los ojos. El golpe en la pierna lo obliga. Encuentra a un muchacho de unos dieciséis años que lo observa desde lo alto de un par de ojos negrísimos. Manuel no acierta a saber qué puede querer de él ese niño que a todas luces no ha sido aún modelado por las desgracias que la vida, tarde o temprano, obsequia con la excusa de acumular experiencia.

—¿Qué quieres? —le espeta malhumorado, asumiendo que lo confunde con el vigilante del banco y presto a deshacer tal confusión. En la cara del joven aparece, lenta, una sonrisa hecha de rabia. Manuel se levanta del suelo, apoya su mano en la papelera llena de los comprobantes que escupe el cajero automático. Descubre que al chico lo acompañan otros dos, uno encaja una risa nerviosa que no puede controlar, el otro no consigue esconder el miedo que le eriza. Y ese miedo también eriza a Manuel. Coge su mochila e intenta escabullirse entre el chico más joven —a quien supone más fácil de evadir— y su compañero, pero el mayor es fuerte, le arrebata la mochila que sin titubear lanza a una esquina, y con el otro brazo empuja su hombro izquierdo.

El hombre mira a través del cristal: en la calle ni un alma. Intenta alcanzar la puerta pero le cierran el paso. Comienza un forcejeo, los tres adolescentes van soltando empellones y puntapiés hasta que Manuel cae de rodillas, doblegado. Un codazo en la sien le hace perder el equilibrio: cae de espaldas, ridículo, aterrorizado, se le escapan los orines, se le dilatan las pupilas. Se hiela su piel.

—¡Ay, qué asco! Javi, mira —lloriquea el más joven—: ¡se meó!

—¡Ya me voy! ¡Ya me voy! —masculla el indigente como puede, apenas respira mientras babea aire, saliva y sangre.

—¡Claro que te vas, pedazo de mierda!

Ellos, jóvenes encendidos, ensañados con el pordiosero, en trance arrojan con fuerza las piernas, entierran las puntas de sus zapatos en ese cuerpo ahora casi inmóvil, quebrado, rendido. Manuel, temeroso, presiente la muerte y no sabe si alegrarse o resistirse. «Este maldito instinto de supervivencia», atina a pensar.

—¿Pero qué… qué es lo que quieren? —pregunta con un hálito de voz. Gime. Tiembla—. Déjenme en paz —ruega. La respuesta llega líquida: un chorro de gasolina baña su cuerpo.

Justo después un fiero ardor arranca en su cabeza, el fuego prende en apenas segundos, baja por su cuello, enciende las ropas harapientas, el olor a gasolina se mezcla con el de la carne quemada, la tela hedionda, el sucio viejo, la orina reciente. Escucha unos chillidos que ya no sabe si son suyos o de los otros, salta desorientado, aúlla, tropieza con las paredes, el fuego le cierra un ojo que se queda calvo.

Las voces se difuminan. Crepita el fuego. El humo entra en sus pulmones. Ardor. Asfixia. Muerte.

II

Vagó un rato, esperando a que oscureciera y el frío arreciara, más tarde la mayoría de la gente se refugiaría en sus casas y las calles quedarían desiertas. Suyas. Halló un local pequeño, acristalado, con el cajero automático adosado en la pared del fondo: ahí pasaría la noche. Se detuvo a observar los anuncios de un par de inmobiliarias, los precios estaban bajando, era obvio que no sólo a él le había ido mal, con los años el mercado inmobiliario había empeorado.

En ocasiones se entretenía leyendo las noticias del sector, seguía con cierto entusiasmo las subidas y bajadas de precios, en los periódicos abandonados. Esta vez leía absorto los carteles que anunciaban —desesperados, él lo sabía— fabulosas casas, luminosos apartamentos. Irónico pensar en la cantidad de viviendas que, no hacía tanto tiempo, había llegado a vender y alquilar. Regateaba a los dueños, luego a sus posibles compradores. Así era la ley del mercado: inmisericorde para quien tenía, como él, a la mala suerte enamorada.

Después de mendigar un par de horas y buscar algo que llevarse a la boca, decidió que ya podía instalarse en el cajero automático que tenía avistado. La calle desierta lo puso de buen humor. Entró y cerró tras de sí, no pasó el pestillo pues estaba reservado a clientes, y sabía que si lo descubrían bloquearían el acceso nocturno.

Se sacó los zapatos y se echó en el suelo. Puso la mochila a modo de almohada y se recostó. Miró al techo, cerró los ojos. Estaba tan cansado, suspiró. Otro día menos que luchar por vivirlo. Ese maldito instinto de supervivencia lo mantenía vivo, hasta se atrevió a soñar: al día siguiente recorrería las calles de este barrio, había visto gente pudiente, algo sacaría. Quizá podría comerse un pan caliente. Sonrió.

III

De los diez euros con cuarenta y cinco céntimos de limosnas acumuladas, Manuel apartó un euro y medio para el metro. Era un exceso, pero debía ir hasta la ciudad, el frío invernal no le permitiría dormir más en el bosque. Decidió pasar la noche en el local de algún cajero automático.

Entró al vagón y descubrió unos asientos vacíos pero declinó la idea de sentarse a sabiendas de que olía mal. Rara vez conseguía alguna ducha, se aseaba lo mejor que podía en baños públicos, fuentes o en algún río poco caudaloso cuando estaba en las afueras. Sus pies tartamudearon buscando un sitio adecuado —una esquina, quizás un ángulo oculto—, pero en el metro no hay donde esconderse que no sea una multitud. Prefirió permanecer de pie, recostado contra una de las puertas del vagón, como con ganas de salir huyendo a la primera oportunidad.

Los brazos cruzados sobre el raído suéter. Su mirada  perdida en el vidrio de la ventana, pero en el reflejo del cristal observaba a los pasajeros que no le quitaban ojo a él. Todas las miradas apuntándole: reprobatorias unas, como si fuese culpa suya ser un indigente, haberlo perdido todo; atemorizadas otras, como si él pudiera en verdad hacerle daño a alguien con las pocas fuerzas que le quedan, o las nulas ganas. El resto era indiferencia, ¿en realidad lo veían? Encerrado en sí mismo, pero alerta siempre.

Desconectó del entorno para planear su día: un par de estaciones después bajaría del tren, escogería algún barrio de la zona alta de la ciudad para poder dormir tranquilo, en el centro el barullo sería insoportable y a él ya no le quedaban ganas de gente.  A él sólo le quedaba apatía y un absurdo instinto de supervivencia.


Este relato forma parte de una serie llamada «Siguiente estación». En orden de aparición, estas son las otras estaciones («Instinto» es la tercera):

Alfiles cobardes. De Profe Triste.

La banca de la estación en la que nadie nunca se sentaba. De Aleida Belem.

Escape. De Ana Brambila.

Diez pesos le vale. De Fernanda Pérez Gay.

Destino. De Eva Rivera.

Última estación. De Carlos Aranda.

Memoria

—Pero, ¿a ti qué te pasó? —me preguntó— ¿Lo sabes? ¿Cómo llegaste aquí? Porque yo no tengo ni idea.

—No —respondí impaciente—, ni siquiera sé dónde o qué es aquí.

Pensé que él, o ella, estaba más confundido que yo, lo que ya me parecía difícil, tomando en cuenta mi situación: yo sólo podía pensar en el odio hacia Carla, en su culpa. La rabia me inundaba. Ella era la causante de todo. Estaba seguro.

—¿Culpable de qué? ¿Qué es lo último normal que recuerdas? —insistió aquella voz a mi lado.

—¿Normal? —en ese momento me di cuenta de que había algo irregular en la situación, que yo no había hecho consciente. Claro, tanta blancura a mi alrededor, esa especie de niebla, tenía que haberme hecho sospechar que algo no iba bien. ¿Y Carla tenía algo que ver con esto?

Él me escuchó. Pudo oír mis pensamientos, o leerlos en mi cara. Fue entonces cuando intenté mirar la suya, y me di cuenta de que percibía su presencia como si estuviese dentro de mí. Podía sentirle, incluso oírle, pero no tocarle. ¿Estaba ahí? Pero, ¿dónde estaba? ¿Quién estaba? Un segundo después estaba fuera de mí, mirándome a los ojos, con un interrogante pintado en cada pupila. Algo no encajaba.

—Lo último normal —respondí haciendo un esfuerzo por destapar la memoria—, pues, venía discutiendo con Carla, mi mujer, ya sabes, discutiendo porque… bueno, por cosas —corté en seco la confesión. Podía detener las palabras, pero no las imágenes que a borbotones brotaban de mi mente.

Mis manos al volante. El asfalto frente a mis ojos. La voz de Carla. La línea blanca en el negro asfalto. Sus lágrimas. La mías. Los árboles girando a los lados. El pedal del acelerador temblando bajo mi suela, mi pierna tensa empujando al pie. Como una avalancha llegó a mi memoria: todo. Su confesión, mi dolor, nuestra tristeza. La humillación, la incontenible furia apoderándose de mi ser, consumiéndome como el fuego abrasa el papel.

—Todo pasó muy rápido —pensaba en voz alta—, y ahora lo siento de otra forma, es un dolor sordo. Tal vez ya ni me duele.

—Aquí ya no te va a doler más —me contestó con una sonrisa que imaginé en sus labios. Entonces pude verle, comprendí y, tras un suspiro, le solté:

—Así que esto era todo —observaba con nuevos ojos la niebla eterna—. ¿No hay nada más?

—No —me dijo tranquilo—, no hay más allá.

—Si lo hubiese sabido antes —le aseguré—, me habría ahorrado tanta iglesia y tanta rezadera.

Originalmente publicado en «365 días de cuentos», de Ediciones Cuélebre.

La señora Dalia

La señora Dalia vivía, solitaria y tranquila, en un diminuto departamento del entresuelo del número dieciocho de la calle Mallorca. En raras ocasiones se dejaba ver fuera de su vivienda, pero algunas veces entreabría su puerta y, a pesar del ácido aroma nauseabundo, mezcla de vinagre rancio con mugre vieja que entonces invadía el pasillo, nosotros a hurtadillas espiábamos su descanso desde el rellano de la escalera.

En el vecindario se rumoreaba que la anciana era una bruja y su figura comenzó a poblar nuestras noches. El miedo se mezcló con la curiosidad: queríamos saber qué clase de mujer era aquella que habitaba nuestras pesadillas, discutíamos sobre cómo vivía una verdadera bruja —convencidos como estábamos de que lo era— pero ninguno de nosotros se atrevía a acercarse demasiado, nos conformábamos con atisbarle desde el corredor cuando la puerta entreabierta nos enseñaba a una arrugadita señora Dalia dormitando plácidamente en su sillón, apenas iluminada la mitad de su cara por la vaga luz de la ventana y difuminada la otra por la penumbra del maloliente salón.

El día que retamos a Panchito era como otro cualquiera pero, por la razón que fuese, decidió aceptar la provocación. Resuelto subió los siete u ocho escalones que le separaban del hogar de la anciana, para encontrar la puerta cerrada. No se amilanó por esto y golpeó con fuerza la aldaba. Nosotros, que esperábamos nerviosos, al escuchar una especie de ronco gruñido que respondía a la llamada corrimos espantados, atropellándonos unos a otros y dejando a Panchito a merced de su suerte. Mi curiosidad, sin embargo, era tan fuerte que me sobrepuse y di media vuelta, aunque tuve el cuidado de quedarme agazapado tras la baranda de la escalera.

Un instante después pude ver cómo la vieja abrió la puerta y, al ver al niño, salió con lentitud al pasillo sin decir nada, observándolo fijamente, sin quitarle la mirada de encima ni por un instante mientras el espanto se reflejaba en los ojos de mi amigo. De pronto la abuela esbozó una sonrisa que se hacía más grande a cada segundo hasta que su rostro empezó a desfigurarse, la piel llena de arrugas se alisaba a medida que crecía la enorme sonrisa, los labios gigantescos enseñaron una dentadura que crecía desmesurada y en un momento la señora Dalia se transformó en una mandíbula monstruosa con dientes gigantescos sostenida por un cuerpecillo endeble enfundado en una bata de flores. Mi corazón latía desbocado y Panchito, paralizado, parecía a punto de desmayarse.

Entonces aquel engendro, con un rápido movimiento, se zampó a mi amigo de un bocado. Lancé un grito horrorizado y la bruja giró hacia mí su mandíbula sobre la que apenas vislumbré unos ojillos que me miraban sonrientes. Tras un minuto de mutuo análisis, ella recobró con rapidez su forma habitual de viejecita arrugada e indefensa, se entretuvo observándome un rato más y estuve seguro entonces de que sería el próximo en ser engullido, pero ella debía tener bastante con un solo niño porque se dio la vuelta y cerró con suavidad la puerta tras de sí, dejándome en la escalera con el mundo hecho pedazos.

La señora Dalia fue publicado por Nanoediciones, y se puede descargar su cuidada edición aquí.

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