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	<title>soyla sala mandra</title>
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	<description>echándole leña al fuego</description>
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		<title>A dos voces, a cuatro manos</title>
		<link>http://www.soylasalamandra.com/2011/06/22/a-dos-voces-a-cuatro-manos/</link>
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		<pubDate>Wed, 22 Jun 2011 20:49:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Belisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Llamaradas]]></category>

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		<description><![CDATA[Divertimento literario a cuatro manos con Carmen María Hergos (quien escribió los versos primero y tercero de cada estrofa). Destartala como un sacudidor el mármol y sus instructivos Encuentra caminos abiertos insinuados en las grietas de algunas paredes Recorre y camina y da vueltas sobre ti misma, detenido el viento. Consume el aire, tu fuego. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Divertimento literario a cuatro manos con <a href="http://carmenmaria.info/wp01/" target="_blank">Carmen María Hergos</a> (quien escribió los versos primero y tercero de cada estrofa).</em></p>
<p style="text-align: justify;">Destartala como un sacudidor el mármol y sus instructivos<br />
Encuentra caminos abiertos insinuados en las grietas de algunas paredes<br />
Recorre y camina y da vueltas sobre ti misma, detenido el viento.<br />
Consume el aire, tu fuego.</p>
<p style="text-align: justify;">Y si las encrucijadas no dejan de crujir, el sonido es movimiento<br />
Cada sonido, una gota, una onda, que toca. Se va.<br />
Y en cada fuego consumido un hambre que renueva<br />
Y en cada soplo en tu oído un carbón que se enciende.</p>
<p style="text-align: justify;">Agrieta la rigidez de tu destino, sopla el polvo de tus dedos<br />
Deja que caiga la fruta, madura, encendida, jugosa.<br />
Y préndele un alfiler a tus roturas, cicatrices hacia adentro<br />
Con las agujas de tus tacones, borda otro camino. Y báilalo.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">
<div class='wpfblike' style='height: 40px;'><fb:like href='http://www.soylasalamandra.com/2011/06/22/a-dos-voces-a-cuatro-manos/' layout='default' show_faces='true' width='400' action='like' colorscheme='light' send='false' /></div>]]></content:encoded>
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		<title>Un caballero no tan santo.</title>
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		<pubDate>Sun, 24 Apr 2011 18:08:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Belisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Salamandras]]></category>
		<category><![CDATA[caballero]]></category>
		<category><![CDATA[dragón]]></category>
		<category><![CDATA[sant jordi]]></category>

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		<description><![CDATA[Me encanta la celebración del 23 de abril: Sant Jordi. La ciudad se convierte en una gran librería romántica: paraditas con aroma a papel en cada esquina, puestos de rosas de todos los colores arrojando su delicado perfume. A mí sólo me molesta el caballero canonizado y el dragón demonizado. Para quien desconozca esta leyenda, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Me encanta la celebración del 23 de abril: Sant Jordi. La ciudad se convierte en una gran librería romántica: paraditas con aroma a papel en cada esquina, puestos de rosas de todos los colores arrojando su delicado perfume. A mí sólo me molesta el caballero canonizado y el dragón demonizado.</p>
<p style="text-align: justify;">Para quien desconozca esta leyenda, se trata de la historia de un dragón que se alimentaba de doncellas (el alimento natural de los dragones, ¿qué van a comer si no? ¿hierba? ¡Eso es para vacas!). Las doncellas proveen a los dragones de todos los nutrientes necesarios para darles la fuerza requerida para cumplir con su destino de dragón: limpiar los reinos incinerando pueblos inútiles y luchar al lado de nobles caballeros, y hablo de nobleza de corazón, que la otra no es real (en ningún sentido). Aparentemente, el dragón en cuestión, tenía preferencia por el sabor de las doncellas de cierto reino. Todo el mundo tiene preferencias culinarias (él no iba a ser la excepción) y le iba de fábula hasta que se le ocurrió probar un bocadito de princesa: «¡Ñam, princesa!», se relamía.</p>
<p style="text-align: justify;">Se sabe —pero obviamente el animal no lo sabía— que cuando te metes con los poderes fácticos tienes todas las de perder. De manera que en cuanto el dragón anunció que esta vez se zamparía una doncella perteneciente a la casa real (por aquello de que estaba sazonada con aquella salsa azul que en humano se llama sangre), saltaron todas las alarmas en el reino. El rey alzó la ceja izquierda y con ese leve movimiento dejó claro que no, que esa doncella, no, «¿es qué no hay suficientes lavanderas, tenderas o panaderas?».</p>
<p style="text-align: justify;">Ahí entró aquel caballero en acción: Jordi, quien decidió que una oportunidad como esa difícilmente se repetiría y puso manos a la obra. Más bien, espada y lanza en ristre se lanzó al ataque de aquel pobre —y desarmado— animal. Muerto el bicho, ¿fue el caballero acusado de <em>dragoncidio</em>? <a href="http://www.soylasalamandra.com/wp-content/uploads/2011/04/santjordi_dragon.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-303" title="santjordi_dragon" src="http://www.soylasalamandra.com/wp-content/uploads/2011/04/santjordi_dragon.jpg" alt="Sant Jordi asesinando al dragón con la princesa como testigo" width="282" height="293" /></a>¿hubo, acaso, manifestaciones en contra del maltrato animal? ¿el rey en su papel de representante divino, y justo, castigó al bandido? No, una vez más, se demostró que la justicia no habita el mismo suelo que zapatean las minorías, porque una vez asesinado el dragón, el caballero Jordi fue canonizado, ensalzado, alabado y convenientemente casado con la princesa a quien había salvado de convertirse en plato principal.</p>
<p style="text-align: justify;">Desde luego, lo que es innegable es que era un excelente estratega. He aquí las huellas de una campaña de <em>marketing</em> admirable: ¿cómo puede tener tan mala fama el dragón si fue la víctima? Digo, es él quien está a no sé cuántos metros bajo tierra fosilizado, probablemente junto a los huesos que quedaron de las plebeyas que nadie defendió. Resulta que un pobre animal no tiene derecho a su comida. Resulta que cuando se le ocurre probar un bocadito de princesa, ¡entonces el caballero sí hace algo! como siempre: hay que estar enchufado. Así que Sant Jordi sólo defendía princesas, las plebeyas sí podían ser comida de dragón.</p>
<p style="text-align: justify;">En conclusión, el día de Sant Jordi yo estoy a favor del dragón, porque estoy en contra del maltrato animal.</p>
<p style="text-align: justify;">Personas con influencia que maltratan a las minorías para quedar bien con los gobernantes&#8230; no han cambiado tanto las cosas.</p>
<div class='wpfblike' style='height: 40px;'><fb:like href='http://www.soylasalamandra.com/2011/04/24/un-caballero-no-tan-santo/' layout='default' show_faces='true' width='400' action='like' colorscheme='light' send='false' /></div>]]></content:encoded>
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		<title>Instinto</title>
		<link>http://www.soylasalamandra.com/2010/12/30/instinto/</link>
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		<pubDate>Thu, 30 Dec 2010 03:06:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Belisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[I Unas voces lo despiertan, pero ya está acostumbrado a que su sueño sea menospreciado, de manera que ni se molesta en abrir los ojos. El golpe en la pierna lo obliga. Encuentra a un muchacho de unos dieciséis años que lo observa desde lo alto de un par de ojos negrísimos. Manuel no acierta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>I</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Unas voces lo despiertan, pero ya está acostumbrado a que su sueño sea menospreciado, de manera que ni se molesta en abrir los ojos. El golpe en la pierna lo obliga. Encuentra a un muchacho de unos dieciséis años que lo observa desde lo alto de un par de ojos negrísimos. Manuel no acierta a saber qué puede querer de él ese niño que a todas luces no ha sido aún modelado por las desgracias que la vida, tarde o temprano, obsequia con la excusa de acumular experiencia.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Qué quieres? —le espeta malhumorado, asumiendo que lo confunde con el vigilante del banco y presto a deshacer tal confusión. En la cara del joven aparece, lenta, una sonrisa hecha de rabia. Manuel se levanta del suelo, apoya su mano en la papelera llena de los comprobantes que escupe el cajero automático. Descubre que al chico lo acompañan otros dos, uno encaja una risa nerviosa que no puede controlar, el otro no consigue esconder el miedo que le eriza. Y ese miedo también eriza a Manuel. Coge su mochila e intenta escabullirse entre el chico más joven —a quien supone más fácil de evadir— y su compañero, pero el mayor es fuerte, le arrebata la mochila que sin titubear lanza a una esquina, y con el otro brazo empuja su hombro izquierdo.</p>
<p style="text-align: justify;">El hombre mira a través del cristal: en la calle ni un alma. Intenta alcanzar la puerta pero le cierran el paso. Comienza un forcejeo, los tres adolescentes van soltando empellones y puntapiés hasta que Manuel cae de rodillas, doblegado. Un codazo en la sien le hace perder el equilibrio: cae de espaldas, ridículo, aterrorizado, se le escapan los orines, se le dilatan las pupilas. Se hiela su piel.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Ay, qué asco! Javi, mira —lloriquea el más joven—: ¡se meó!</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Ya me voy! ¡Ya me voy! —masculla el indigente como puede, apenas respira mientras babea aire, saliva y sangre.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Claro que te vas, pedazo de mierda!</p>
<p style="text-align: justify;">Ellos, jóvenes encendidos, ensañados con el pordiosero, en trance arrojan con fuerza las piernas, entierran las puntas de sus zapatos en ese cuerpo ahora casi inmóvil, quebrado, rendido. Manuel, temeroso, presiente la muerte y no sabe si alegrarse o resistirse. «Este maldito instinto de supervivencia», atina a pensar.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Pero qué… qué es lo que quieren? —pregunta con un hálito de voz. Gime. Tiembla—. Déjenme en paz —ruega. La respuesta llega líquida: un chorro de gasolina baña su cuerpo.</p>
<p style="text-align: justify;">Justo después un fiero ardor arranca en su cabeza, el fuego prende en apenas segundos, baja por su cuello, enciende las ropas harapientas, el olor a gasolina se mezcla con el de la carne quemada, la tela hedionda, el sucio viejo, la orina reciente. Escucha unos chillidos que ya no sabe si son suyos o de los otros, salta desorientado, aúlla, tropieza con las paredes, el fuego le cierra un ojo que se queda calvo.</p>
<p style="text-align: justify;">Las voces se difuminan. Crepita el fuego. El humo entra en sus pulmones. Ardor. Asfixia. Muerte.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: center;"><strong>II</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Vagó un rato, esperando a que oscureciera y el frío arreciara, más tarde la mayoría de la gente se refugiaría en sus casas y las calles quedarían desiertas. Suyas. Halló un local pequeño, acristalado, con el cajero automático adosado en la pared del fondo: ahí pasaría la noche. Se detuvo a observar los anuncios de un par de inmobiliarias, los precios estaban bajando, era obvio que no sólo a él le había ido mal, con los años el mercado inmobiliario había empeorado.</p>
<p style="text-align: justify;">En ocasiones se entretenía leyendo las noticias del sector, seguía con cierto entusiasmo las subidas y bajadas de precios, en los periódicos abandonados. Esta vez leía absorto los carteles que anunciaban —desesperados, él lo sabía— fabulosas casas, luminosos apartamentos. Irónico pensar en la cantidad de viviendas que, no hacía tanto tiempo, había llegado a vender y alquilar. Regateaba a los dueños, luego a sus posibles compradores. Así era la ley del mercado: inmisericorde para quien tenía, como él, a la mala suerte enamorada.</p>
<p style="text-align: justify;">Después de mendigar un par de horas y buscar algo que llevarse a la boca, decidió que ya podía instalarse en el cajero automático que tenía avistado. La calle desierta lo puso de buen humor. Entró y cerró tras de sí, no pasó el pestillo pues estaba reservado a clientes, y sabía que si lo descubrían bloquearían el acceso nocturno.</p>
<p style="text-align: justify;">Se sacó los zapatos y se echó en el suelo. Puso la mochila a modo de almohada y se recostó. Miró al techo, cerró los ojos. Estaba tan cansado, suspiró. Otro día menos que luchar por vivirlo. Ese maldito instinto de supervivencia lo mantenía vivo, hasta se atrevió a soñar: al día siguiente recorrería las calles de este barrio, había visto gente pudiente, algo sacaría. Quizá podría comerse un pan caliente. Sonrió.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: center;"><strong>III</strong></p>
<p style="text-align: justify;">De los diez euros con cuarenta y cinco céntimos de limosnas acumuladas, Manuel apartó un euro y medio para el metro. Era un exceso, pero debía ir hasta la ciudad, el frío invernal no le permitiría dormir más en el bosque. Decidió pasar la noche en el local de algún cajero automático.</p>
<p style="text-align: justify;">Entró al vagón y descubrió unos asientos vacíos pero declinó la idea de sentarse a sabiendas de que olía mal. Rara vez conseguía alguna ducha, se aseaba lo mejor que podía en baños públicos, fuentes o en algún río poco caudaloso cuando estaba en las afueras. Sus pies tartamudearon buscando un sitio adecuado —una esquina, quizás un ángulo oculto—, pero en el metro no hay donde esconderse que no sea una multitud. Prefirió permanecer de pie, recostado contra una de las puertas del vagón, como con ganas de salir huyendo a la primera oportunidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Los brazos cruzados sobre el raído suéter. Su mirada  perdida en el vidrio de la ventana, pero en el reflejo del cristal observaba a los pasajeros que no le quitaban ojo a él. Todas las miradas apuntándole: reprobatorias unas, como si fuese culpa suya ser un indigente, haberlo perdido todo; atemorizadas otras, como si él pudiera en verdad hacerle daño a alguien con las pocas fuerzas que le quedan, o las nulas ganas. El resto era indiferencia, ¿en realidad lo veían? Encerrado en sí mismo, pero alerta siempre.</p>
<p style="text-align: justify;">Desconectó del entorno para planear su día: un par de estaciones después bajaría del tren, escogería algún barrio de la zona alta de la ciudad para poder dormir tranquilo, en el centro el barullo sería insoportable y a él ya no le quedaban ganas de gente.  A él sólo le quedaba apatía y un absurdo instinto de supervivencia.</p>
<p style="text-align: justify;"><em><br />
</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Este relato forma parte de una serie llamada «Siguiente estación». En orden de aparición, estas son las otras estaciones («Instinto» es la tercera):</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em><strong><a title="Alfiles cobardes" href="http://encasadesoledad.blogspot.com/2010/12/alfiles-cobardes.html?spref=tw" target="_blank">Alfiles cobardes</a>.</strong> De <a title="Profe Triste en Twitter" href="http://www.twitter.com/ProfeTriste" target="_blank">Profe Triste</a>.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em><a title="La banca de la estación..." href="http://aleidabelem.blogspot.com/2010/12/la-banca-de-la-estacion-en-la-que-nadie.html" target="_blank"><strong>La banca de la estación en la que nadie nunca se sentaba.</strong></a> De <a title="Aleida Belem en Twitter" href="http://www.twitter.com/Aleida_Belem" target="_blank">Aleida Belem</a>.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em><a title="Escape." href="http://rosasdelimon.blogspot.com/2010/12/escape.html" target="_blank"><strong>Escape.</strong></a> De <a title="Ana Brambila en Twitter" href="http://twitter.com/Anedixit" target="_blank">Ana Brambila</a>.<br />
</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em><a title="Diez pesos le vale" href="http://fhernandhahsblog.blogspot.com/2011/01/diez-pesos-le-vale.html" target="_blank"><strong>Diez pesos le vale.</strong></a> De <a title="Fernanda Pérez Gay en Twitter" href="http://twitter.com/fhernandhah" target="_blank">Fernanda Pérez Gay</a>.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em><a title="Destino" href="http://oleosobrehojuelasdemaiz.blogspot.com/2011/01/destino.html" target="_blank"><strong>Destino.</strong></a> De <a title="Eva Rivera en Twitter" href="http://twitter.com/lucy_mccartney" target="_blank">Eva Rivera</a>.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em><a title="Última estación" href="http://seacaboeljabon.wordpress.com/2011/01/05/ultima-estacion/" target="_blank"><strong>Última estación.</strong></a> De <a title="Carlos Aranda en Twitter" href="http://twitter.com/seacaboeljabon" target="_blank">Carlos Aranda</a>.<br />
</em></p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">
<div class='wpfblike' style='height: 40px;'><fb:like href='http://www.soylasalamandra.com/2010/12/30/instinto/' layout='default' show_faces='true' width='400' action='like' colorscheme='light' send='false' /></div>]]></content:encoded>
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		<title>La verdad que se me escapa</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Dec 2010 19:02:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Belisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Salamandras]]></category>
		<category><![CDATA[escritura]]></category>
		<category><![CDATA[inconsciente]]></category>
		<category><![CDATA[verdad]]></category>

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		<description><![CDATA[No es que la verdad se nos escape Es que todo se le escapa a la verdad No es que la muerte nos alcance Es que todo es alcanzado por la muerte De Carlos Skliar, en “hilos después”. —Y eso que escribes, ¿es real o es ficción? —Todo es ficción. —O sea que mientes. —No, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 240px;"><em>No es que la verdad se nos escape</em></p>
<p style="padding-left: 240px;"><em>Es que todo se le escapa a la verdad</em></p>
<p style="padding-left: 240px;"><em>No es que la muerte nos alcance</em></p>
<p style="padding-left: 240px;"><em>Es que todo es alcanzado por la muerte</em></p>
<p style="padding-left: 240px;"><strong><em>De Carlos Skliar, en </em>“hilos después”<em>.</em></strong></p>
<p style="text-align: justify;">
<p>
</br><br />
—Y eso que escribes, ¿es real o es ficción?</p>
<p>—Todo es ficción.</p>
<p>—O sea que mientes.</p>
<p>—No, <em>sólo</em> es ficción.</p>
<p>Cuántas veces me he preguntado qué es lo que de veras quiero expresar. Y me digo: la realidad que yo percibo, eso quiero decir. Pienso que lo que <em>realmente</em> intento decir es lo que no digo ni demuestro, pero sé que se me escurre. Se me escapa <em>la</em> verdad. Mi yo real envuelto en capas y capas, murallas tras muralla; porque aunque atraviese mil cabezas, sólo tengo la mía.</p>
<p>Como todos, temo que mi interior sea dañado. Supongo que no aguantaría regalar mis certezas y que fuesen maltratadas y terminaran deshechas, desmembradas. Por eso escribo ficción, por eso escupo mis verdades camufladas. Yo no miento, omito. Invento, recreo, imagino.</p>
<p>Las realidades se me entremezclan con ficciones. Teatro de vulnerabilidades disfrazadas.</p>
<p>Soy de esas personas que dicen la verdad, pero claro, <em>ella</em> tiene muchas caras, muchos peinados, muchos vestidos. Si hoy va de amarillo, el cabello de moño alto y maquillaje leve, mañana irá con chaqueta de cuero, bufanda de lana y pantalones de mezclilla.</p>
<p>El cabello suelto, las palabras atadas. Es todo y es nada. Así es mi verdad: inquieta, ama los disfraces, las sombras, los escondites, los velos, los juegos, las metáforas. Mi veracidad —que es la de otros, de tantos— se entiende murallas adentro, por fuera es un espejo. La verdad que me guardo no es entregable, la que regalo es descifrable.</p>
<p>—¿De dónde salen esas mentiras?</p>
<p>—Pues de la verdad que se me escapa.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.soylasalamandra.com/wp-content/uploads/2010/12/IMG_2123.jpg"><img class="size-full wp-image-251 aligncenter" title="Escribo" src="http://www.soylasalamandra.com/wp-content/uploads/2010/12/IMG_2123.jpg" alt="La verdad que se me escapa" width="341" height="244" /></a></p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">
<div class='wpfblike' style='height: 40px;'><fb:like href='http://www.soylasalamandra.com/2010/12/08/la-verdad-que-se-me-escapa/' layout='default' show_faces='true' width='400' action='like' colorscheme='light' send='false' /></div>]]></content:encoded>
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		<title>Cicatriz en el espejo</title>
		<link>http://www.soylasalamandra.com/2010/12/01/cicatriz-en-el-espejo/</link>
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		<pubDate>Wed, 01 Dec 2010 01:06:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Belisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Llamaradas]]></category>

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		<description><![CDATA[Camino sobre una hojilla con los pies descalzos. No me sangran los pies, pero sí las manos. Leo en el espejo una cicatriz, blanda. Una hojilla desliza su borde liso pulido afilado Resbala por la piel, abre un surco. (Abrió, rasgó, penetró). Brilla y lacera. Mate y desangra. Rota y deshecha. Soy un árbol de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify; padding-left: 60px;"><em>Camino sobre una hojilla</em></p>
<p style="text-align: justify; padding-left: 60px;"><em>con los pies descalzos.</em></p>
<p style="text-align: justify; padding-left: 60px;"><em>No me sangran los pies,</em></p>
<p style="text-align: justify; padding-left: 60px;"><em>pero sí las manos.</em></p>
<p>Leo en el espejo una cicatriz, blanda.<em><br />
</em></p>
<p>Una hojilla desliza su borde</p>
<p style="padding-left: 60px;">liso<br />
pulido<br />
afilado</p>
<p>Resbala por la piel, abre un surco.</p>
<p>(Abrió, rasgó, penetró).</p>
<p>Brilla y lacera.<br />
Mate y desangra.<br />
Rota y deshecha.</p>
<p>Soy un árbol de bosque intrincado.<br />
Hieres mi hoja, me partes.</p>
<p><a href="http://www.soylasalamandra.com/wp-content/uploads/2010/11/IMG_2113.jpg"><img class="alignleft size-large wp-image-192" title="Hoja cortada" src="http://www.soylasalamandra.com/wp-content/uploads/2010/11/IMG_2113-1024x710.jpg" alt="Cicatriz en el espejo" width="553" height="383" /></a></p>
<div class='wpfblike' style='height: 40px;'><fb:like href='http://www.soylasalamandra.com/2010/12/01/cicatriz-en-el-espejo/' layout='default' show_faces='true' width='400' action='like' colorscheme='light' send='false' /></div>]]></content:encoded>
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		<title>Memoria</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Nov 2010 20:57:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Belisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[—Pero, ¿a ti qué te pasó? —me preguntó— ¿Lo sabes? ¿Cómo llegaste aquí? Porque yo no tengo ni idea. —No —respondí impaciente—, ni siquiera sé dónde o qué es aquí. Pensé que él, o ella, estaba más confundido que yo, lo que ya me parecía difícil, tomando en cuenta mi situación: yo sólo podía pensar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>—Pero, ¿a ti qué te pasó? —me preguntó— ¿Lo sabes? ¿Cómo llegaste aquí? Porque yo no tengo ni idea.</p>
<p>—No —respondí impaciente—, ni siquiera sé dónde o qué es aquí.</p>
<p>Pensé que él, o ella, estaba más confundido que yo, lo que ya me parecía difícil, tomando en cuenta mi situación: yo sólo podía pensar en el odio hacia Carla, en su culpa. La rabia me inundaba. Ella era la causante de todo. Estaba seguro.</p>
<p>—¿Culpable de qué? ¿Qué es lo último normal que recuerdas? —insistió aquella voz a mi lado.</p>
<p>—¿Normal? —en ese momento me di cuenta de que había algo irregular en la situación, que yo no había hecho consciente. Claro, tanta blancura a mi alrededor, esa especie de niebla, tenía que haberme hecho sospechar que algo no iba bien. ¿Y Carla tenía algo que ver con esto?</p>
<p>Él me escuchó. Pudo oír mis pensamientos, o leerlos en mi cara. Fue entonces cuando intenté mirar la suya, y me di cuenta de que percibía su presencia como si estuviese dentro de mí. Podía sentirle, incluso oírle, pero no tocarle. ¿Estaba ahí? Pero, ¿dónde estaba? ¿Quién estaba? Un segundo después estaba fuera de mí, mirándome a los ojos, con un interrogante pintado en cada pupila. Algo no encajaba.</p>
<p>—Lo último normal —respondí haciendo un esfuerzo por destapar la memoria—, pues, venía discutiendo con Carla, mi mujer, ya sabes, discutiendo porque… bueno, por cosas —corté en seco la confesión. Podía detener las palabras, pero no las imágenes que a borbotones brotaban de mi mente.</p>
<p>Mis manos al volante. El asfalto frente a mis ojos. La voz de Carla. La línea blanca en el negro asfalto. Sus lágrimas. La mías. Los árboles girando a los lados. El pedal del acelerador temblando bajo mi suela, mi pierna tensa empujando al pie. Como una avalancha llegó a mi memoria: todo. Su confesión, mi dolor, nuestra tristeza. La humillación, la incontenible furia apoderándose de mi ser, consumiéndome como el fuego abrasa el papel.</p>
<p>—Todo pasó muy rápido —pensaba en voz alta—, y ahora lo siento de otra forma, es un dolor sordo. Tal vez ya ni me duele.</p>
<p>—Aquí ya no te va a doler más —me contestó con una sonrisa que imaginé en sus labios. Entonces pude verle, comprendí y, tras un suspiro, le solté:</p>
<p>—Así que esto era todo —observaba con nuevos ojos la niebla eterna—. ¿No hay nada más?</p>
<p>—No —me dijo tranquilo—, no hay más allá.</p>
<p>—Si lo hubiese sabido antes —le aseguré—, me habría ahorrado tanta iglesia y tanta rezadera.</p>
<pre>Originalmente publicado en <a title="«Memoria» en Ediciones Cuélebre" href="http://goo.gl/rjF38" target="_blank">«365 días de cuentos», de <strong>Ediciones Cuélebre</strong></a>.</pre>
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		<title>Vida en las redes sociales</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Nov 2010 00:25:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Belisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Salamandras]]></category>
		<category><![CDATA[facebook]]></category>
		<category><![CDATA[redes sociales]]></category>
		<category><![CDATA[twitter]]></category>

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		<description><![CDATA[He leído en varias ocasiones que quien usa con frecuencia una red social carece de una vida, por lo visto bajo la idea de que lo normal es ir por ahí hablando con todas las personas que te encuentras y haciendo amigos a granel. Por un lado yo me pregunto si realmente eso es tener [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>He leído en varias ocasiones que quien usa con frecuencia una red social carece de una vida, por lo visto bajo la idea de que lo <em>normal </em>es ir por ahí hablando con todas las personas que te encuentras y haciendo amigos a granel. Por un lado yo me pregunto si realmente <em>eso </em>es tener una vida, y por el otro, ¿es <em>eso </em>lo que <em>hace</em> la gente que tiene vida? Más aún: ¿esa es la <em>única </em>vida posible? ¿quién dicta esas normas? ¿quién las sigue?</p>
<p>Usualmente quienes se quejan sobre esto, bien sea a voz en grito o de forma discreta, lo hacen desde una red social: esa que critican pero que usan. Desde luego no tengo nada en contra de que alguien —cansado de su propia interacción en las redes sociales— decida dar por finalizada su experiencia con la misma.</p>
<p>He conocido personas que han cerrado sus cuentas de Twitter y Facebook aduciendo distintas razones, todas válidas porque lo son para ellos. Ahora bien, esa misma regla no puede funcionar para todo el mundo, por la sencilla razón de que cada persona se relaciona con su entorno de distinta manera, y así mismo, interactúa de manera propia dentro de cada red social.</p>
<p>Con franqueza, lo que yo encuentro desafortunado —y quizás ahí radica la decisión de cerrar una cuenta— es el hecho de confundir un perfil público con una persona. Un ser humano no es su avatar, porque, no nos engañemos, detrás de cada avatar hay un personaje, sí, pero detrás del personaje está la persona, y esta no se borra eliminando el perfil.</p>
<p>Los llamados espacios sociales de Internet poseen la característica de ser moldeables, así, cada persona le puede dar uso según sus intereses en cuanto a contenidos y contactos, y a la periodicidad de uso. Entonces, ¿qué es lo criticable? ¿dónde está la carencia de vida propia, si precisamente se puede integrar y adecuar de forma individual?</p>
<p>Las personas con tendencia a la introspección no suelen hacer amigos con facilidad, en cambio suelen conectar bien con otras personas a través de Internet puesto que en la red se conoce a las personas “de adentro hacia fuera”: hay un primer contacto intelectual, emocional, sentimental y más adelante, si llega a suceder, físico. Al contrario de las relaciones (de todo tipo) a través de la 1.0 en las que prima la impresión producida por el físico y luego, si se sobrevive a esta, se llega a profundizar, en cambio en la 2.0 se llega a ahondar a nivel intelectual y emocional antes del primer contacto no virtual, por lo tanto las relaciones podrían considerarse sólidas incluso antes.</p>
<p>Con respecto a las redes sociales, si hay distintos tipos de personas, si cada ser tiene una forma propia de relacionarse y todas son válidas, ¿es correcto afirmar que interactuar a través de estas denota falta de vida o exceso de ella? ¿quién define cuáles son las interacciones correctas dentro de cuáles vidas considerables como tales?</p>
<p><strong>Para mí la vida es lo que cada quien elija hacer con ella, es ese impulso que se lleva por dentro; está hecha de las acciones que se llevan a cabo, tanto en la realidad física como en la virtual.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">
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		<title>Cuatro naranjas</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Nov 2010 23:01:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Belisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Salamandras]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>

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		<description><![CDATA[Él compra frutas para ella. ¡Él le regala cuatro naranjas! Y en ese acto yace una prueba de amor. Y no oculta, no, es una prueba de amor tan poco discreta y escandalosa como el tono de piel de una de esas frutas. —Te compré naranjas, cariño: vitamina C —ella tose, respira con dificultad, y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Él compra frutas para ella. ¡Él le regala cuatro naranjas! Y en ese acto yace una prueba de amor. Y no oculta, no, es una prueba de amor tan poco discreta y escandalosa como el tono de piel de una de esas frutas.</p>
<p style="text-align: justify;">—Te compré naranjas, cariño: vitamina C —ella tose, respira con dificultad, y agradece con una sonrisa.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">El amor está en el aire. Grabando: un, dos, tres… ¡Acción! Ah, sí, a veces parece una pose para el público… ¡esos besos en el metro, esos abrazos en público!  Hay que ver lo osada que es alguna gente exhibiendo sus ganas y su felicidad, así como si nada. ¿Se creen que son los únicos que aman?</p>
<p style="text-align: justify;">Otras veces es un acto íntimo y privado, sin más espectador que uno mismo. Lleno de detalles y rituales. De eso no puedo dar más testimonio que el mío, claro, y sí, es privado. Yo seré descarada, puede, pero de puertas para adentro.</p>
<p style="text-align: justify;">El amor es tantas cosas, es ficción y no lo es; es pasión y es pausa; es un acercamiento y en ocasiones marcar cierta distancia.</p>
<p style="text-align: justify;">Más que delimitar lo que es, me gusta detallarlo a través de sus frutos: aquello que es producto de él. De manera que creo que hay que buscarlo en otros terrenos, no por cotidianos menos impregnados de amor, digo, buscarlo en retratos mentales, esos que marcan el celuloide intelectual y se quedan ahí, estampados.</p>
<p style="text-align: justify;">Así, el paquete de ajonjolí por darme gusto; las manos alisando la tela de una camisita; la banca donde nos sentamos al salir de la escuela para observar a la gente pasar y que me cuentes tu pequeño día y, a veces, comernos un helado; el álbum con las fotografías que yo creía olvidadas, increíble e inesperado regalo; el recuerdo del primer poema que fui capaz de escribir; los bucles de su pelo aterrizando en mi hombro; el recuerdo de los que nunca regresarán; una mano que aprieta la otra; un enojo; un olvido; una voz inesperada; una carcajada amplia. Y todo eso que —¡ojalá!— me va a pasar por la mente antes de morir.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">—Yo he oído que la cosa se puede complicar, los mocos se quedan en los pulmones… es peligroso.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Ay, no, que no será nada te digo!</p>
<p style="text-align: justify;">—Ya, pero yo no quiero correr el riesgo.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">
<div class='wpfblike' style='height: 40px;'><fb:like href='http://www.soylasalamandra.com/2010/11/04/cuatro-naranjas/' layout='default' show_faces='true' width='400' action='like' colorscheme='light' send='false' /></div>]]></content:encoded>
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		<title>La señora Dalia</title>
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		<pubDate>Sun, 31 Oct 2010 16:31:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Belisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[La señora Dalia vivía, solitaria y tranquila, en un diminuto departamento del entresuelo del número dieciocho de la calle Mallorca. En raras ocasiones se dejaba ver fuera de su vivienda, pero algunas veces entreabría su puerta y, a pesar del ácido aroma nauseabundo, mezcla de vinagre rancio con mugre vieja que entonces invadía el pasillo, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">La señora Dalia vivía, solitaria y tranquila, en un diminuto departamento del entresuelo del número dieciocho de la calle Mallorca. En raras ocasiones se dejaba ver fuera de su vivienda, pero algunas veces entreabría su puerta y, a pesar del ácido aroma nauseabundo, mezcla de vinagre rancio con mugre vieja que entonces invadía el pasillo, nosotros a hurtadillas espiábamos su descanso desde el rellano de la escalera.</p>
<p style="text-align: justify;">En el vecindario se rumoreaba que la anciana era una bruja y su figura comenzó a poblar nuestras noches. El miedo se mezcló con la curiosidad: queríamos saber qué clase de mujer era aquella que habitaba nuestras pesadillas, discutíamos sobre cómo vivía una verdadera bruja  —convencidos como estábamos de que lo era— pero ninguno de nosotros se atrevía a acercarse demasiado, nos conformábamos con atisbarle desde el corredor cuando la puerta entreabierta nos enseñaba a una arrugadita señora Dalia dormitando plácidamente en su sillón, apenas iluminada la mitad de su cara por la vaga luz de la ventana y difuminada la otra por la penumbra del maloliente salón.</p>
<p style="text-align: justify;">El día que retamos a Panchito era como otro cualquiera pero, por la razón que fuese, decidió aceptar la provocación. Resuelto subió los siete u ocho escalones que le separaban del hogar de la anciana, para encontrar la puerta cerrada. No se amilanó por esto y golpeó con fuerza la aldaba. Nosotros, que esperábamos nerviosos, al escuchar una especie de ronco gruñido que respondía a la llamada corrimos espantados, atropellándonos unos a otros y dejando a Panchito a merced de su suerte. Mi curiosidad, sin embargo, era tan fuerte que me sobrepuse y di media vuelta, aunque tuve el cuidado de quedarme agazapado tras la baranda de la escalera.</p>
<p style="text-align: justify;">Un instante después pude ver cómo la vieja abrió la puerta y, al ver al niño, salió con lentitud al pasillo sin decir nada, observándolo fijamente, sin quitarle la mirada de encima ni por un instante mientras el espanto se reflejaba en los ojos de mi amigo. De pronto la abuela esbozó una sonrisa que se hacía más grande a cada segundo hasta que su rostro empezó a desfigurarse, la piel llena de arrugas se alisaba a medida que crecía la enorme sonrisa, los labios gigantescos enseñaron una dentadura que crecía desmesurada y en un momento la señora Dalia se transformó en una mandíbula monstruosa con dientes gigantescos sostenida por un cuerpecillo endeble enfundado en una bata de flores. Mi corazón latía desbocado y Panchito, paralizado, parecía a punto de desmayarse.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces aquel engendro, con un rápido movimiento, se zampó a mi amigo de un bocado. Lancé un grito horrorizado y la bruja giró hacia mí su mandíbula sobre la que apenas vislumbré unos ojillos que me miraban sonrientes. Tras un minuto de mutuo análisis, ella recobró con rapidez su forma habitual de viejecita arrugada e indefensa, se entretuvo observándome un rato más y estuve seguro entonces de que sería el próximo en ser engullido, pero ella debía tener bastante con un solo niño porque se dio la vuelta y cerró con suavidad la puerta tras de sí, dejándome en la escalera con el mundo hecho pedazos.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>La señora Dalia</strong> fue publicado por <strong><a title="Nanoediciones" href="http://www.nanoediciones.com" target="_blank">Nanoediciones</a></strong>, y se puede descargar su cuidada edición <em><a title="La señora Dalia" href="http://bit.ly/cyw6JO">aquí</a></em>.</p>
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		<title>Grito</title>
		<link>http://www.soylasalamandra.com/2010/10/17/grito-2/</link>
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		<pubDate>Sun, 17 Oct 2010 18:38:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Belisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Salamandras]]></category>

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		<description><![CDATA[Me gritó con toda su alma. Y eso fue lo que vi: su alma. Vi su ser desnudo, vi su dolor sin adornos, vi el pozo en el que se hundía, vi sus noches sin techo, sus días con hambre de perro callejero, su humillación sin fin rebuscando en la basura un mendrugo para amansar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Me gritó con toda su alma. Y eso fue lo que vi: su alma. Vi su ser  desnudo, vi su dolor sin adornos, vi el pozo en el que se hundía, vi sus  noches sin techo, sus días con hambre de perro callejero, su  humillación sin fin rebuscando en la basura un mendrugo para amansar al  lobo.</p>
<p style="text-align: justify;">Vi más.</p>
<p style="text-align: justify;">Pude ser testigo de su  infancia acompañada por hermanos hoy  perdidos, de las canciones de guerra  tarareadas muy bajito por la misma  voz maternal que hasta los nueve años  le dio un beso con cada &#8220;buenas  noches&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Era tan hondo ese grito, que tambaleó mis cimientos y abrió una  grieta en mi propia alma. Y por esa grieta se colaron tantos dolores que  no pude sino compartir su grito.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.soylasalamandra.com/wp-content/uploads/2010/10/grito.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-88" title="Grito" src="http://www.soylasalamandra.com/wp-content/uploads/2010/10/grito.jpg" alt="" width="320" height="241" /></a></p>
<p>Fotografía: <a title="Du-Arte" href="http://eduardo-duarte.blogspot.com/" target="_blank">Du-Arte</a></p>
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