15 Nov, 2010
Por Belisa en Relatos | 2 comentarios
—Pero, ¿a ti qué te pasó? —me preguntó— ¿Lo sabes? ¿Cómo llegaste aquí? Porque yo no tengo ni idea.
—No —respondí impaciente—, ni siquiera sé dónde o qué es aquí.
Pensé que él, o ella, estaba más confundido que yo, lo que ya me parecía difícil, tomando en cuenta mi situación: yo sólo podía pensar en el odio hacia Carla, en su culpa. La rabia me inundaba. Ella era la causante de todo. Estaba seguro.
—¿Culpable de qué? ¿Qué es lo último normal que recuerdas? —insistió aquella voz a mi lado.
—¿Normal? —en ese momento me di cuenta de que había algo irregular en la situación, que yo no había hecho consciente. Claro, tanta blancura a mi alrededor, esa especie de niebla, tenía que haberme hecho sospechar que algo no iba bien. ¿Y Carla tenía algo que ver con esto?
Él me escuchó. Pudo oír mis pensamientos, o leerlos en mi cara. Fue entonces cuando intenté mirar la suya, y me di cuenta de que percibía su presencia como si estuviese dentro de mí. Podía sentirle, incluso oírle, pero no tocarle. ¿Estaba ahí? Pero, ¿dónde estaba? ¿Quién estaba? Un segundo después estaba fuera de mí, mirándome a los ojos, con un interrogante pintado en cada pupila. Algo no encajaba.
—Lo último normal —respondí haciendo un esfuerzo por destapar la memoria—, pues, venía discutiendo con Carla, mi mujer, ya sabes, discutiendo porque… bueno, por cosas —corté en seco la confesión. Podía detener las palabras, pero no las imágenes que a borbotones brotaban de mi mente.
Mis manos al volante. El asfalto frente a mis ojos. La voz de Carla. La línea blanca en el negro asfalto. Sus lágrimas. La mías. Los árboles girando a los lados. El pedal del acelerador temblando bajo mi suela, mi pierna tensa empujando al pie. Como una avalancha llegó a mi memoria: todo. Su confesión, mi dolor, nuestra tristeza. La humillación, la incontenible furia apoderándose de mi ser, consumiéndome como el fuego abrasa el papel.
—Todo pasó muy rápido —pensaba en voz alta—, y ahora lo siento de otra forma, es un dolor sordo. Tal vez ya ni me duele.
—Aquí ya no te va a doler más —me contestó con una sonrisa que imaginé en sus labios. Entonces pude verle, comprendí y, tras un suspiro, le solté:
—Así que esto era todo —observaba con nuevos ojos la niebla eterna—. ¿No hay nada más?
—No —me dijo tranquilo—, no hay más allá.
—Si lo hubiese sabido antes —le aseguré—, me habría ahorrado tanta iglesia y tanta rezadera.
Originalmente publicado en «365 días de cuentos», de Ediciones Cuélebre.
10 Nov, 2010
Por Belisa en Salamandras | 7 comentarios
He leído en varias ocasiones que quien usa con frecuencia una red social carece de una vida, por lo visto bajo la idea de que lo normal es ir por ahí hablando con todas las personas que te encuentras y haciendo amigos a granel. Por un lado yo me pregunto si realmente eso es tener una vida, y por el otro, ¿es eso lo que hace la gente que tiene vida? Más aún: ¿esa es la única vida posible? ¿quién dicta esas normas? ¿quién las sigue?
Usualmente quienes se quejan sobre esto, bien sea a voz en grito o de forma discreta, lo hacen desde una red social: esa que critican pero que usan. Desde luego no tengo nada en contra de que alguien —cansado de su propia interacción en las redes sociales— decida dar por finalizada su experiencia con la misma.
He conocido personas que han cerrado sus cuentas de Twitter y Facebook aduciendo distintas razones, todas válidas porque lo son para ellos. Ahora bien, esa misma regla no puede funcionar para todo el mundo, por la sencilla razón de que cada persona se relaciona con su entorno de distinta manera, y así mismo, interactúa de manera propia dentro de cada red social.
Con franqueza, lo que yo encuentro desafortunado —y quizás ahí radica la decisión de cerrar una cuenta— es el hecho de confundir un perfil público con una persona. Un ser humano no es su avatar, porque, no nos engañemos, detrás de cada avatar hay un personaje, sí, pero detrás del personaje está la persona, y esta no se borra eliminando el perfil.
Los llamados espacios sociales de Internet poseen la característica de ser moldeables, así, cada persona le puede dar uso según sus intereses en cuanto a contenidos y contactos, y a la periodicidad de uso. Entonces, ¿qué es lo criticable? ¿dónde está la carencia de vida propia, si precisamente se puede integrar y adecuar de forma individual?
Las personas con tendencia a la introspección no suelen hacer amigos con facilidad, en cambio suelen conectar bien con otras personas a través de Internet puesto que en la red se conoce a las personas “de adentro hacia fuera”: hay un primer contacto intelectual, emocional, sentimental y más adelante, si llega a suceder, físico. Al contrario de las relaciones (de todo tipo) a través de la 1.0 en las que prima la impresión producida por el físico y luego, si se sobrevive a esta, se llega a profundizar, en cambio en la 2.0 se llega a ahondar a nivel intelectual y emocional antes del primer contacto no virtual, por lo tanto las relaciones podrían considerarse sólidas incluso antes.
Con respecto a las redes sociales, si hay distintos tipos de personas, si cada ser tiene una forma propia de relacionarse y todas son válidas, ¿es correcto afirmar que interactuar a través de estas denota falta de vida o exceso de ella? ¿quién define cuáles son las interacciones correctas dentro de cuáles vidas considerables como tales?
Para mí la vida es lo que cada quien elija hacer con ella, es ese impulso que se lleva por dentro; está hecha de las acciones que se llevan a cabo, tanto en la realidad física como en la virtual.
4 Nov, 2010
Por Belisa en Salamandras | 6 comentarios
Él compra frutas para ella. ¡Él le regala cuatro naranjas! Y en ese acto yace una prueba de amor. Y no oculta, no, es una prueba de amor tan poco discreta y escandalosa como el tono de piel de una de esas frutas.
—Te compré naranjas, cariño: vitamina C —ella tose, respira con dificultad, y agradece con una sonrisa.
El amor está en el aire. Grabando: un, dos, tres… ¡Acción! Ah, sí, a veces parece una pose para el público… ¡esos besos en el metro, esos abrazos en público! Hay que ver lo osada que es alguna gente exhibiendo sus ganas y su felicidad, así como si nada. ¿Se creen que son los únicos que aman?
Otras veces es un acto íntimo y privado, sin más espectador que uno mismo. Lleno de detalles y rituales. De eso no puedo dar más testimonio que el mío, claro, y sí, es privado. Yo seré descarada, puede, pero de puertas para adentro.
El amor es tantas cosas, es ficción y no lo es; es pasión y es pausa; es un acercamiento y en ocasiones marcar cierta distancia.
Más que delimitar lo que es, me gusta detallarlo a través de sus frutos: aquello que es producto de él. De manera que creo que hay que buscarlo en otros terrenos, no por cotidianos menos impregnados de amor, digo, buscarlo en retratos mentales, esos que marcan el celuloide intelectual y se quedan ahí, estampados.
Así, el paquete de ajonjolí por darme gusto; las manos alisando la tela de una camisita; la banca donde nos sentamos al salir de la escuela para observar a la gente pasar y que me cuentes tu pequeño día y, a veces, comernos un helado; el álbum con las fotografías que yo creía olvidadas, increíble e inesperado regalo; el recuerdo del primer poema que fui capaz de escribir; los bucles de su pelo aterrizando en mi hombro; el recuerdo de los que nunca regresarán; una mano que aprieta la otra; un enojo; un olvido; una voz inesperada; una carcajada amplia. Y todo eso que —¡ojalá!— me va a pasar por la mente antes de morir.
—Yo he oído que la cosa se puede complicar, los mocos se quedan en los pulmones… es peligroso.
—¡Ay, no, que no será nada te digo!
—Ya, pero yo no quiero correr el riesgo.
31 Oct, 2010
Por Belisa en Relatos | 5 comentarios
La señora Dalia vivía, solitaria y tranquila, en un diminuto departamento del entresuelo del número dieciocho de la calle Mallorca. En raras ocasiones se dejaba ver fuera de su vivienda, pero algunas veces entreabría su puerta y, a pesar del ácido aroma nauseabundo, mezcla de vinagre rancio con mugre vieja que entonces invadía el pasillo, nosotros a hurtadillas espiábamos su descanso desde el rellano de la escalera.
En el vecindario se rumoreaba que la anciana era una bruja y su figura comenzó a poblar nuestras noches. El miedo se mezcló con la curiosidad: queríamos saber qué clase de mujer era aquella que habitaba nuestras pesadillas, discutíamos sobre cómo vivía una verdadera bruja —convencidos como estábamos de que lo era— pero ninguno de nosotros se atrevía a acercarse demasiado, nos conformábamos con atisbarle desde el corredor cuando la puerta entreabierta nos enseñaba a una arrugadita señora Dalia dormitando plácidamente en su sillón, apenas iluminada la mitad de su cara por la vaga luz de la ventana y difuminada la otra por la penumbra del maloliente salón.
El día que retamos a Panchito era como otro cualquiera pero, por la razón que fuese, decidió aceptar la provocación. Resuelto subió los siete u ocho escalones que le separaban del hogar de la anciana, para encontrar la puerta cerrada. No se amilanó por esto y golpeó con fuerza la aldaba. Nosotros, que esperábamos nerviosos, al escuchar una especie de ronco gruñido que respondía a la llamada corrimos espantados, atropellándonos unos a otros y dejando a Panchito a merced de su suerte. Mi curiosidad, sin embargo, era tan fuerte que me sobrepuse y di media vuelta, aunque tuve el cuidado de quedarme agazapado tras la baranda de la escalera.
Un instante después pude ver cómo la vieja abrió la puerta y, al ver al niño, salió con lentitud al pasillo sin decir nada, observándolo fijamente, sin quitarle la mirada de encima ni por un instante mientras el espanto se reflejaba en los ojos de mi amigo. De pronto la abuela esbozó una sonrisa que se hacía más grande a cada segundo hasta que su rostro empezó a desfigurarse, la piel llena de arrugas se alisaba a medida que crecía la enorme sonrisa, los labios gigantescos enseñaron una dentadura que crecía desmesurada y en un momento la señora Dalia se transformó en una mandíbula monstruosa con dientes gigantescos sostenida por un cuerpecillo endeble enfundado en una bata de flores. Mi corazón latía desbocado y Panchito, paralizado, parecía a punto de desmayarse.
Entonces aquel engendro, con un rápido movimiento, se zampó a mi amigo de un bocado. Lancé un grito horrorizado y la bruja giró hacia mí su mandíbula sobre la que apenas vislumbré unos ojillos que me miraban sonrientes. Tras un minuto de mutuo análisis, ella recobró con rapidez su forma habitual de viejecita arrugada e indefensa, se entretuvo observándome un rato más y estuve seguro entonces de que sería el próximo en ser engullido, pero ella debía tener bastante con un solo niño porque se dio la vuelta y cerró con suavidad la puerta tras de sí, dejándome en la escalera con el mundo hecho pedazos.
La señora Dalia fue publicado por Nanoediciones, y se puede descargar su cuidada edición aquí.
17 Oct, 2010
Por Belisa en Salamandras | 2 comentarios
Me gritó con toda su alma. Y eso fue lo que vi: su alma. Vi su ser desnudo, vi su dolor sin adornos, vi el pozo en el que se hundía, vi sus noches sin techo, sus días con hambre de perro callejero, su humillación sin fin rebuscando en la basura un mendrugo para amansar al lobo.
Vi más.
Pude ser testigo de su infancia acompañada por hermanos hoy perdidos, de las canciones de guerra tarareadas muy bajito por la misma voz maternal que hasta los nueve años le dio un beso con cada “buenas noches”.
Era tan hondo ese grito, que tambaleó mis cimientos y abrió una grieta en mi propia alma. Y por esa grieta se colaron tantos dolores que no pude sino compartir su grito.

Fotografía: Du-Arte